Preparada

Haría cualquier cosa por él.

Hice todo lo que me pidió: dejé el tabaco por él, perdí diez kilos, me operé la nariz, me puse tetas, aprendí a cocinar. Cuando le dio por el bondage, dejé que me amordazara y me retorciera los pezones.

Haría cualquier cosa por él.

Ahora dice que le ponen las enanas, así que, bueno, aquí estoy, doctor.

La pelea

–¿Dónde está la falda nueva, la azul? –preguntó la chica rubia.
–¡Yo qué sé! Tú sabrás –contestó la chica morena–. Estaba en el armario del dormitorio.
–Vamos a buscarla. Quiero ponérmela.
–No, hoy vamos a ir de verde. Y con pantalones.
–¿Por qué tienes que decidir tú siempre?
–Tú misma. Si quieres buscar la falda, búscala. Yo no me muevo de aquí.
–Pero qué hija de puta eres a veces -dijo la chica rubia.

La chica morena la ignoró y ajustó el elástico de la enorme cintura de los pantalones. A continuación se agachó e introdujo la pierna derecha. Y se quedó en esa incómoda postura, esperando, hasta que se le agotó la paciencia.

–¿A qué esperas? -dijo.
–Quiero la falda azul -respondió la chica rubia.
–Mete la pierna izquierda de una vez.
–No -dijo la chica rubia-. Este cuerpo no es solo tuyo.

Y le dio un bofetón a su siamesa con su brazo izquierdo, el único que ella podía controlar.

12/12/12 12:12

Por fin llegó el día doce de diciembre de dos mil doce. Las doce y doce de la madrugada. La mujer se asomó al balcón para ver en directo el fin del mundo. La ciudad estaba igual que siempre: las luces brillaban en las ventanas y el tráfico nocturno trazaba surcos luminosos a sus pies. En el cielo las mismas estrellas asomaban entre las mismas nubes de contaminación.

Nada había cambiado.

Una hora más tarde, todo seguía igual. La mujer se encogió de hombros con una mueca de decepción y abandonó el balcón.

Y, en mitad del salón, se paró.

Una horrible criatura viscosa la observaba, adherida a la ventana por ocho larguísimos tentáculos.

Duérmete, niño

ImageSus padres le abandonan en su cuna, a oscuras, todas las noches. Es la última moda en educación infantil, una teoría de un señor que ha vendido muchos libros. Le llevan a la habitación, le ponen el pijama, le cuentan un cuento y le dan un beso de buenas noches. En la cuna, alineados sobre la almohada, le esperan los cuatro peluches: el osito, la cebra, la tortuga y la ranita.Todos sonríen.

Mamá cierra la puerta. Apaga la luz.

Entonces él aparta todos los peluches de un manotazo y trata a toda prisa de dormirse. Sabe que debe hacerlo. Sabe que está solo.

Con ellos.

Apenas cierra los ojos oye sus voces.

–Eres nuestro –le susurra el osito mientras le araña los hombros.

–No hay escapatoria –dice la cebra y trepa hasta su cara.

La tortuga se arrastra por sus piernas, bajo las sábanas, hasta colocarse sobre su pecho. Y le dedica una sonrisa desdentada.

La ranita salta desde la esquina de la cuna y envuelve las patitas alrededor de su cuello. Y aprieta.

Él llora. Grita. Sabe que tardarán en volver. Exactamente cinco minutos, tal y como marca el libro. Sin dejar de gritar, emprende la batalla contra sus enemigos: patadas, arañazos, pellizcos, empujones. Y grita. Y llora.

Cinco minutos después entra en el cuarto su padre.

–Duérmete. Puedes hacerlo. Te queremos –dice, le besa en la frente y se marcha.

Él, agotado, no contesta. Los peluches se han callado. De momento. Cierra los ojos. Trata de dormir. Esta vez lo conseguirá.

El osito le araña la espalda.

 

Los ojos amarillos de los cocodrilos

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Me mira.

Desde que vi la coraza rugosa de su lomo alzarse lentamente bajo el agua y la curiosidad me obligó a acercarme, ya no pude moverme. No debí esperar a que apareciera su enorme cabeza, con esas hileras de dientes que adornan la sonrisa grotesca de su mandíbula.

Me mira.

Yo miro sus ojos, amarillos, con una finísima raya vertical en el centro. No veo nada más, solo dos círculos amarillos cada vez más cerca. Escucho el jadeo apresurado de su respiración y susurro dos únicas palabras: lo siento.
Y de sus ojos amarillos brotan dos lágrimas.