Los retornados mudos

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Una fría madrugada de invierno la calle amaneció difuminada por un vapor blanco, tan sólido que apenas permitía ver nada. La niebla fue espesándose a lo largo del día hasta convertirse en algo sólido y opaco al atardecer. Todos los que salieron a la calle y  se adentraron en ella no volvieron a su casa aquel día.

Por la noche, la niebla comenzó a disiparse lentamente. Los pocos que habían quedado, los que no se habían atrevido a salir, asomaban la cabeza por la ventana con temor y extendían la mano intentando palpar con los dedos la espesura del aire condensado y oscuro. Esperando.

A la mañana siguiente, con el nuevo amanecer, los desaparecidos regresaron. Pero ya no eran los mismos. No pronunciaban palabra. Hombres y mujeres que habían ido a trabajar, con sus maletines y sus fiambreras colgando de un hombro. Padres y madres que habían ido a llevar a sus hijos al colegio. Niños con el uniforme, los más pequeños con baby, arrastrando pesadas mochilas llenas de libros. Ancianos que habían salido a dar sus paseos matutinos.

Ninguno de ellos hablaba.

Durante todo el día se limitaban a congregarse en las calles, en las tiendas y en los bares. Mirándolo todo con silenciosa curiosidad, como si fuera la primera vez. Y así hasta que murieron uno tras otro en soledad y silencio, dejando caer sus cuerpos inertes sobre la acera al principio de la primavera.

Nunca volvieron a hablar.

Les llamaron “los retornados mudos”.

Años más tarde se descubrió una cueva prehistórica en un monte cercano. Los nombres de todos y cada uno de los retornados mudos estaban escritos en la pared con la sangre de algún animal salvaje.