Los retornados mudos

fog

Una fría madrugada de invierno la calle amaneció difuminada por un vapor blanco, tan sólido que apenas permitía ver nada. La niebla fue espesándose a lo largo del día hasta convertirse en algo sólido y opaco al atardecer. Todos los que salieron a la calle y  se adentraron en ella no volvieron a su casa aquel día.

Por la noche, la niebla comenzó a disiparse lentamente. Los pocos que habían quedado, los que no se habían atrevido a salir, asomaban la cabeza por la ventana con temor y extendían la mano intentando palpar con los dedos la espesura del aire condensado y oscuro. Esperando.

A la mañana siguiente, con el nuevo amanecer, los desaparecidos regresaron. Pero ya no eran los mismos. No pronunciaban palabra. Hombres y mujeres que habían ido a trabajar, con sus maletines y sus fiambreras colgando de un hombro. Padres y madres que habían ido a llevar a sus hijos al colegio. Niños con el uniforme, los más pequeños con baby, arrastrando pesadas mochilas llenas de libros. Ancianos que habían salido a dar sus paseos matutinos.

Ninguno de ellos hablaba.

Durante todo el día se limitaban a congregarse en las calles, en las tiendas y en los bares. Mirándolo todo con silenciosa curiosidad, como si fuera la primera vez. Y así hasta que murieron uno tras otro en soledad y silencio, dejando caer sus cuerpos inertes sobre la acera al principio de la primavera.

Nunca volvieron a hablar.

Les llamaron “los retornados mudos”.

Años más tarde se descubrió una cueva prehistórica en un monte cercano. Los nombres de todos y cada uno de los retornados mudos estaban escritos en la pared con la sangre de algún animal salvaje.

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Preparada

Haría cualquier cosa por él.

Hice todo lo que me pidió: dejé el tabaco por él, perdí diez kilos, me operé la nariz, me puse tetas, aprendí a cocinar. Cuando le dio por el bondage, dejé que me amordazara y me retorciera los pezones.

Haría cualquier cosa por él.

Ahora dice que le ponen las enanas, así que, bueno, aquí estoy, doctor.

La pelea

–¿Dónde está la falda nueva, la azul? –preguntó la chica rubia.
–¡Yo qué sé! Tú sabrás –contestó la chica morena–. Estaba en el armario del dormitorio.
–Vamos a buscarla. Quiero ponérmela.
–No, hoy vamos a ir de verde. Y con pantalones.
–¿Por qué tienes que decidir tú siempre?
–Tú misma. Si quieres buscar la falda, búscala. Yo no me muevo de aquí.
–Pero qué hija de puta eres a veces -dijo la chica rubia.

La chica morena la ignoró y ajustó el elástico de la enorme cintura de los pantalones. A continuación se agachó e introdujo la pierna derecha. Y se quedó en esa incómoda postura, esperando, hasta que se le agotó la paciencia.

–¿A qué esperas? -dijo.
–Quiero la falda azul -respondió la chica rubia.
–Mete la pierna izquierda de una vez.
–No -dijo la chica rubia-. Este cuerpo no es solo tuyo.

Y le dio un bofetón a su siamesa con su brazo izquierdo, el único que ella podía controlar.

12/12/12 12:12

Por fin llegó el día doce de diciembre de dos mil doce. Las doce y doce de la madrugada. La mujer se asomó al balcón para ver en directo el fin del mundo. La ciudad estaba igual que siempre: las luces brillaban en las ventanas y el tráfico nocturno trazaba surcos luminosos a sus pies. En el cielo las mismas estrellas asomaban entre las mismas nubes de contaminación.

Nada había cambiado.

Una hora más tarde, todo seguía igual. La mujer se encogió de hombros con una mueca de decepción y abandonó el balcón.

Y, en mitad del salón, se paró.

Una horrible criatura viscosa la observaba, adherida a la ventana por ocho larguísimos tentáculos.

Duérmete, niño

ImageSus padres le abandonan en su cuna, a oscuras, todas las noches. Es la última moda en educación infantil, una teoría de un señor que ha vendido muchos libros. Le llevan a la habitación, le ponen el pijama, le cuentan un cuento y le dan un beso de buenas noches. En la cuna, alineados sobre la almohada, le esperan los cuatro peluches: el osito, la cebra, la tortuga y la ranita.Todos sonríen.

Mamá cierra la puerta. Apaga la luz.

Entonces él aparta todos los peluches de un manotazo y trata a toda prisa de dormirse. Sabe que debe hacerlo. Sabe que está solo.

Con ellos.

Apenas cierra los ojos oye sus voces.

–Eres nuestro –le susurra el osito mientras le araña los hombros.

–No hay escapatoria –dice la cebra y trepa hasta su cara.

La tortuga se arrastra por sus piernas, bajo las sábanas, hasta colocarse sobre su pecho. Y le dedica una sonrisa desdentada.

La ranita salta desde la esquina de la cuna y envuelve las patitas alrededor de su cuello. Y aprieta.

Él llora. Grita. Sabe que tardarán en volver. Exactamente cinco minutos, tal y como marca el libro. Sin dejar de gritar, emprende la batalla contra sus enemigos: patadas, arañazos, pellizcos, empujones. Y grita. Y llora.

Cinco minutos después entra en el cuarto su padre.

–Duérmete. Puedes hacerlo. Te queremos –dice, le besa en la frente y se marcha.

Él, agotado, no contesta. Los peluches se han callado. De momento. Cierra los ojos. Trata de dormir. Esta vez lo conseguirá.

El osito le araña la espalda.