Los retornados mudos

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Una fría madrugada de invierno la calle amaneció difuminada por un vapor blanco, tan sólido que apenas permitía ver nada. La niebla fue espesándose a lo largo del día hasta convertirse en algo sólido y opaco al atardecer. Todos los que salieron a la calle y  se adentraron en ella no volvieron a su casa aquel día.

Por la noche, la niebla comenzó a disiparse lentamente. Los pocos que habían quedado, los que no se habían atrevido a salir, asomaban la cabeza por la ventana con temor y extendían la mano intentando palpar con los dedos la espesura del aire condensado y oscuro. Esperando.

A la mañana siguiente, con el nuevo amanecer, los desaparecidos regresaron. Pero ya no eran los mismos. No pronunciaban palabra. Hombres y mujeres que habían ido a trabajar, con sus maletines y sus fiambreras colgando de un hombro. Padres y madres que habían ido a llevar a sus hijos al colegio. Niños con el uniforme, los más pequeños con baby, arrastrando pesadas mochilas llenas de libros. Ancianos que habían salido a dar sus paseos matutinos.

Ninguno de ellos hablaba.

Durante todo el día se limitaban a congregarse en las calles, en las tiendas y en los bares. Mirándolo todo con silenciosa curiosidad, como si fuera la primera vez. Y así hasta que murieron uno tras otro en soledad y silencio, dejando caer sus cuerpos inertes sobre la acera al principio de la primavera.

Nunca volvieron a hablar.

Les llamaron “los retornados mudos”.

Años más tarde se descubrió una cueva prehistórica en un monte cercano. Los nombres de todos y cada uno de los retornados mudos estaban escritos en la pared con la sangre de algún animal salvaje.

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Los ojos amarillos de los cocodrilos

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Me mira.

Desde que vi la coraza rugosa de su lomo alzarse lentamente bajo el agua y la curiosidad me obligó a acercarme, ya no pude moverme. No debí esperar a que apareciera su enorme cabeza, con esas hileras de dientes que adornan la sonrisa grotesca de su mandíbula.

Me mira.

Yo miro sus ojos, amarillos, con una finísima raya vertical en el centro. No veo nada más, solo dos círculos amarillos cada vez más cerca. Escucho el jadeo apresurado de su respiración y susurro dos únicas palabras: lo siento.
Y de sus ojos amarillos brotan dos lágrimas.