Capo Monterroso

Cuando se durmió, la cabeza de su caballo ya estaba ahí.

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Los ojos amarillos de los cocodrilos

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Me mira.

Desde que vi la coraza rugosa de su lomo alzarse lentamente bajo el agua y la curiosidad me obligó a acercarme, ya no pude moverme. No debí esperar a que apareciera su enorme cabeza, con esas hileras de dientes que adornan la sonrisa grotesca de su mandíbula.

Me mira.

Yo miro sus ojos, amarillos, con una finísima raya vertical en el centro. No veo nada más, solo dos círculos amarillos cada vez más cerca. Escucho el jadeo apresurado de su respiración y susurro dos únicas palabras: lo siento.
Y de sus ojos amarillos brotan dos lágrimas.

Taller de microrrelatos

Ah, la felicidad de empezar un blog y tener material para rellenarlo.

Hace unos días comencé un minicurso de microrrelatos en el aula virtual de la interesante iniciativa Transartica. El taller, denominado “Taller (muy) breve de ficción mínima emotiva y grotesca”, está dirigido por el genial Santiago Eximeno. Aparte del disfrute que supone participar en un taller de estas características con ese lujo de profesor, es una forma excelente de desbloquearse.

Los ejercicios diarios empujan a escribir, a pensar y a desempolvar la cabeza.

Para los que sólo conseguimos escribir “bien” en determinadas circunstancias (iluminada por la inspiración, con el cuerpo bien descansado, sin interrupciones, sin distracciones, sin dolor de cabeza, a primera hora de la mañana, o última hora de la tarde – en este caso sólo sin no ha sido un día demasiado estresante –  con una silla cómoda, un vaso de agua fresquita pero no demasiado fría, la mesa ordenada, las zapatillas negras y los dientes recién cepillados) el resultado suele ser un bloqueo absoluto.

Añadamos a eso la egocéntrica manía de pensar que si lo que escribimos no es perfecto, excelente, demoledor y digno de admiración, no merece la pena intentarlo.

Al final hay que ejercitar un poco la humildad y pensar que sí, que seguramente será una mierda. Pero al menos lo has escrito. Eso es mejor que procrastinar con la excusa de que “tú vales más que eso” y dejar pasar otro día más esperando al momento perfecto.

Escribir bajo presión, sin tiempo de prepararse, es una buena forma de ser productivo. Y sobre todo de aprender.

Colgaré algunos microrelatos producto de este curso, pero – ejem- tras pasar el tamiz de la corrección del profesor. 🙂

¿Otra vez tú aquí?

Cuatro años más tarde, otra vez un blog.

Un blog de viaje.

Una de las cosas que más valoro es la posibilidad de viajar. Me pasaría la vida paseándome por el mundo con una mochila a cuestas. Y tendría un blog completísimo, lleno de fotos, anécdotas y descripciones interminables.

Ah, pero eso es glamour puro y duro. El viaje exterior no es más que el transporte del viaje interior.

Todo cambia cuando uno se da cuenta de que el mayor viaje es el de la vida misma, un tren abarrotado que siempre se mueve hacia delante. El destino, con todas sus bifurcaciones, transbordos, cambios, paradas y retrasos,  siempre debe ser este: llegar al fondo de uno mismo.

Ahí es donde está la verdad.

Así que, mientras llega el momento de volver a relatar aventuras de ultramar, vuelvo a sacar la cabeza por la ventanilla de este tren y les saludo.

¿A dónde vamos?