Duérmete, niño

ImageSus padres le abandonan en su cuna, a oscuras, todas las noches. Es la última moda en educación infantil, una teoría de un señor que ha vendido muchos libros. Le llevan a la habitación, le ponen el pijama, le cuentan un cuento y le dan un beso de buenas noches. En la cuna, alineados sobre la almohada, le esperan los cuatro peluches: el osito, la cebra, la tortuga y la ranita.Todos sonríen.

Mamá cierra la puerta. Apaga la luz.

Entonces él aparta todos los peluches de un manotazo y trata a toda prisa de dormirse. Sabe que debe hacerlo. Sabe que está solo.

Con ellos.

Apenas cierra los ojos oye sus voces.

–Eres nuestro –le susurra el osito mientras le araña los hombros.

–No hay escapatoria –dice la cebra y trepa hasta su cara.

La tortuga se arrastra por sus piernas, bajo las sábanas, hasta colocarse sobre su pecho. Y le dedica una sonrisa desdentada.

La ranita salta desde la esquina de la cuna y envuelve las patitas alrededor de su cuello. Y aprieta.

Él llora. Grita. Sabe que tardarán en volver. Exactamente cinco minutos, tal y como marca el libro. Sin dejar de gritar, emprende la batalla contra sus enemigos: patadas, arañazos, pellizcos, empujones. Y grita. Y llora.

Cinco minutos después entra en el cuarto su padre.

–Duérmete. Puedes hacerlo. Te queremos –dice, le besa en la frente y se marcha.

Él, agotado, no contesta. Los peluches se han callado. De momento. Cierra los ojos. Trata de dormir. Esta vez lo conseguirá.

El osito le araña la espalda.

 

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