12/12/12 12:12

Por fin llegó el día doce de diciembre de dos mil doce. Las doce y doce de la madrugada. La mujer se asomó al balcón para ver en directo el fin del mundo. La ciudad estaba igual que siempre: las luces brillaban en las ventanas y el tráfico nocturno trazaba surcos luminosos a sus pies. En el cielo las mismas estrellas asomaban entre las mismas nubes de contaminación.

Nada había cambiado.

Una hora más tarde, todo seguía igual. La mujer se encogió de hombros con una mueca de decepción y abandonó el balcón.

Y, en mitad del salón, se paró.

Una horrible criatura viscosa la observaba, adherida a la ventana por ocho larguísimos tentáculos.

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